Todos los días, de ocho a cinco, a la intemperie, Alicia González se mete en el basural de José León Suárez y vigila la retroexcavadora que revuelve los residuos. Espera el momento en que aparezca el cuerpo de su hermano, sepultado cuando revolvía la basura.

El aire es irrespirable, pero la vía de acceso al lugar se llama Camino del Buen Ayre. Es uno de los basurales más grandes del país, pero se autodenomina «relleno sanitario». En el lugar se acumulan los desechos de miles y miles de personas, que en horas se transformarán en alimento de otros cientos. Es el Ceamse de José León Suárez, en el partido de San Martín. Hay montañas de basura de hasta treinta metros de alto y en la base de una de ellas está Alicia González. El sol la castiga de frente desde hace horas y ella sigue ahí, inamovible, con la vista fija en una retroexcavadora que desde la cima no para de revolver los desechos. El brazo de la máquina se sumerge en la basura y, lentamente, vuelve a la superficie para volcar su carga a un costado. La maniobra dura medio minuto y durante ese lapso Alicia parece perdida, casi no parpadea y apenas respira: espera el segundo en el que la pala extraiga el cadáver de su hermano, Diego Duarte, de quince años, que quedó sepultado cuando intentaba escapar de la represión policial por el delito de revolver la basura. Al no encontrar el cuerpo, la pala se vuelve a sumergir en la basura, Alicia vuelve a fijar la vista, contener la respiración, los latidos se le aceleran: es una interminable e inhumana agonía que se repite cientos de veces durante once horas diarias, desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, todos los días de la semana desde hace un mes. «No salimos en la tele. Somos pobres», resume Alicia su angustia. De repente se calla, vuelve a fijar la vista y parece no escuchar a nadie: otra vez la pala está volcando su carga y ella sólo quiere ver a Diego.

Todos los días Alicia permanece en el lugar, de pie, sola, en una infinita espera. La montaña formada por cientos de toneladas de basura es imponente, únicamente al verla y querer calcular las hectáreas que ocupa se comprende por qué aún no aparece el cuerpo. Y más se entiende al conocer otro dato: en el lugar se arrojaron cientos de camiones de desechos hasta dos días después de la desaparición de Diego y, durante ese mismo tiempo, otra máquina desparramaba y aplastaba la basura para que la montaña quedara compacta. El cuerpo puede estar en un perímetro enorme.

Alicia tiene 27 años. El castaño oscuro está en su cabello, la piel y los ojos. Llegó de Formosa hace siete años y recaló en Costa Esperanza, un humilde barrio frente al Ceamse. Durante todo el día está a la intemperie, sólo trata de protegerse con un viejo nylon atado a un hierro que parece un arco de fútbol. «Este es mi Sheraton», dice y esboza la única sonrisa de toda la tarde. Necesita hablar, no para, pero siempre mirando donde está la excavadora. Sólo la suplanta durante algunos minutos su esposo, Silvestre. Cuando este redactor preguntó los nombres de sus tres hijos, Alicia, muy cortés, aclaró la situación: «Yo tengo cinco hijos. Diego y Federico son mis hijos». Recién después cuenta que Gonzalo (8), Micaela (6) e Iván (3) no paran de preguntarle por Diego. «Les digo que está perdido», explica.

Diego y Federico, mellizos de 15 años, llegaron de Pireré, un pueblito a cien kilómetros de la capital formoseña, arrastrados por la muerte: hacía cuatro años, un ataque de presión se llevó a Margarita, una joven madre que era el vínculo con Alicia. Hace un año, una diabetes se ensañó con Bartolomé, el padre de los chicos. Primero le amputaron una pierna, luego la otra y al poco tiempo los mellizos fueron huérfanos, producto de enfermedades tratables, pero no en la pobreza. Los chicos quedaron a la deriva, y «la Alicia», «la hermana de Buenos Aires», no dudó. Fue una lucha contra la burocracia por tener la guarda, triunfo logrado en junio del año pasado. Recién llegados, comenzaron séptimo grado en la EGB del barrio, donde pasaron sin mayores problemas. «Fue una alegría enorme. Estar todos juntos», recuerda, pero también trae al presente que en esos meses las changas de Silvestre empezaron a menguar y que las tres piecitas de material no pudieron terminarse: «Era elegir entre ladrillos o pan. La comida nunca les faltó», asegura orgullosa.

Los mellizos fueron a metalear -buscar metales para revender- el domingo 14 a las 23. Tenían un solo objetivo: con lo rescatado hacer unos pesos para las zapatillas de Federico, la única traba que tenía para comenzar la escuela al día siguiente. Pero a los diez minutos llegó la policía y la seguridad privada del lugar. Los mellizos estaban alejados uno del otro, pero ambos optaron por el cuerpo a tierra.
Según el relato de Federico, Diego se tapó con un cartón. Cuando Federico se levantó, luego de unos treinta minutos, observó que donde había visto a su hermano por última vez ahora había un montículo de basura y que, desde la cima de la montaña, otro camión estaba descargando. Desorientado, volvió a su casa y no habló en todo el día. Alicia le preguntaba dónde estaba Diego, pero el shock duró horas interminables. Cuando pudo contar lo sucedido, Alicia corrió a la comisaría 5ª de Billinghurst, donde luego de negativas varias le tomaron la denuncia.

Pero de esa seccional vienen los policías que hacen sus adicionales en el basural. Por eso fue relevada del caso y, desde el 29 de marzo, interviene la comisaría 2ª de Bella Vista, que tiene un móvil la 24 horas en el lugar. La abogada Nora Petrello, de la Asociación de Profesionales en Lucha (APEL), no anda con vueltas. «La investigación es un desastre, recién el miércoles pasado se tomó declaración a los maquinistas que estuvieron esa noche, los policías de la 5ª de Billinghurst aún no declararon y la fiscal ni siquiera visitó el lugar de los hechos», reclamó. El titular del Ceamse, Carlos Hurts, remarcó estar a «total disposición de la Justicia», pero relativizó que Diego pueda estar ahí. También aseguró desconocer la represión que todas las noches se da en el basural sobre los que buscan comida.

Frente al Ceamse, desde la ruta, sólo se ven praderas verdes, pero abajo se esconde la basura con un grado de contaminación alarmante, según denuncian organizaciones ambientalistas. Paralelo al Camino del Buen Ayre, plantaciones de pinos tapan los enormes piletones donde nacen las montañas de desechos. En la que buscan a Diego ahora tiene un corte transversal en todo su frente; el olor es penetrante, se impregna en todo lo que esté cerca. Alicia no siente nada, hace tiempo que el basural asesinó también su sentido del olfato. La entrevista termina y confiesa que ya hizo el luto, que antes le costaba hablar del tema, que tiene esperanza, pero sabe que Diego está muerto. Quiere poder velarlo y en cada palabra valora el acompañamiento de sus vecinos y organizaciones de desocupados, pero no puede evitar la comparación y levanta la voz: «Somos los villeros, somos pobres. Por eso nadie habla de nosotros». Sin dejar de mirar lo que puede ser la tumba de Diego, es el único segundo donde se quiebra, lagrimea y recuerda que, unos días antes de desaparecer, Diego la había abrazada y dicho las más hermosas palabras: «Te parecés a mamá». Se despide llorando, lentamente se va para su casa a encontrarse con sus cuatro hijos. Mañana volverá a estar once horas a la intemperie, atenta a cada palada de la retroexcavadora.

Comienza a anochecer en el Ceamse y nubes de insectos eclipsan una pequeña luz cercana a la montaña. En pocas horas, centenares de vecinos comenzarán a metalear, otros tantos buscarán en la basura la cena.

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Los que van a metalear

La seccional 5ª de Billinghurst estuvo a cargo de la investigación las dos primeras semanas, pero esos mismos efectivos hacían adicionales, durante la noche, en el Ceamse. Eran investigadores e investigados y por eso fueron relevados. Algunos vecinos que habían ido a metalear el 14 de marzo contaron que esa noche trabajaron tranquilos porque ni la policía ni la seguridad privada los persiguió: afirmaron que todos los patrulleros estuvieron concentrados durante horas en el mismo lugar donde hoy buscan a Diego.

«Si no está acá, yo estoy seguro que lo sacaron los propios policías y tiraron el cuerpo en cualquier lado. Los de la seguridad privada llegaron a decirnos que si el cuerpo aparecía les iba a ser ‘un quilombo’ y que la culpa era nuestra, porque nos metimos en su territorio», cuenta Alicia. Son los mismos que se ensañan con las más de cien personas que entran cada noche a buscar comida o metales. Los corren, les disparan a los pies y regalan golpizas a los hombres y manoseos a las mujeres. Casi nunca reciben denuncias porque muchos tienen miedo, otros creen que perdieron los derechos por haber entrado sin permiso y algunos son persuadidos con retórica policial: «Les dicen que si no declaran nada los dejan metalear tranquilos», se resigna Alicia.

Uniformados privados y los buscadores de metales y alimentos viven en los mismos barrios -Costa Esperanza, Elena Cárcova, Villa Hidalgo, Libertad y 9 de Julio, entre otros-, sus hijos van a las mismas escuelas y sólo los diferencia los 400 pesos de sueldo que los uniformados obtienen por las doce horas de trabajo diario. 

 

Publicado en el diario Página12 el 11 de abril de 2004